domingo 20 de octubre del 2019 | Aguascalientes, México

Opinión
SEPTIEMBRE, MES PATRIO
30 de Agosto, 2019
#FiestasPatrias
 
Por César Omar Ramírez de León
 
 
Nos encontramos en las vísperas del noveno mes del año, estamos a pocos días de que llegue el tan esperado “mes patrio”. Desde que tengo uso de razón, recuerdo las celebraciones que se organizan en las escuelas, los desfiles y demás tradiciones en alusión a la “Independencia de México”. Nunca he llegado a comprender por qué festejamos el inicio del movimiento insurgente en contra de la corona española y no la consecución de dichos esfuerzos.
 
 
Partamos de los antecedentes. Iberia (península ibérica, hoy España) fue un territorio perteneciente al imperio romano. Posteriormente pasó a ser conquistada por “Los Moros” quienes se establecieron nada menos que 700 años, hasta finales del siglo XV. La provincia de Andalucía albergaba el Califato, oficinas generales controladas desde una de las maravillas del mundo moderno: La Alhambra de Granada.
 
 
El resto de la España por conformarse se encontraba dividida en dos reinos principalmente: Castilla y Aragón, fue así que ambas casas reales se vieron en la necesidad de unificarse en ánimos de expulsar a los opresores colonos. Tras varias batallas, grandes pérdidas humanas y materiales, la fusión de Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla, mejor conocidos como “Los Reyes Católicos”, rinde sus frutos, se impone el Catolicismo frente al Islam, eso sí, dejando severamente dañadas las arcas del estado real. Es entonces que se ven en la imperiosa necesidad de comerciar con oriente y por qué no, de conquistar bajo la insignia suprema nuevos territorios aun desconocidos.
 
 
Se discuten los orígenes del almirante que ideó partir para la ruta de la seda. Hay autores que aseguran que Cristobal Colón procedía de Italia, otros lo identifican como Castellano, sea cual fuere su procedencia, lo importante es que se presentó en las cortes en el momento indicado solicitando el auspicio para emprender su viaje a occidente. Petición no aceptada en primera instancia aunque posteriormente secundada por Sus Majestades.
 
 
A mitad de 1492 las tres embarcaciones de aquel viajero furtivo dejan las costas de Cadiz para adentrarse en alta mar. Meses más tarde el desvío de dichos medios de transporte marítimo son evidentes puesto que ven tierra próxima luego de una escala en las islas Canarias. La Niña, La Pinta y La Santa María arriban a San Salvador. Por primera vez europeos descendían a las inmediaciones americanas. Aquel primer contacto entre el nuevo y el viejo mundo estaba por escribirse. La segunda y tercera escala de Colón fueron las islas de Santo Domingo y Cuba. Aquellos pacíficos encuentros despertarían la oportunidad de conquista territorial, el adoctrinamiento religioso y, por supuesto, el sometimiento de los indígenas nativos a una autoridad elegida por Dios y cuya representación terrenal se encontraba a miles de kilómetros de distancia, en el viejo continente, figura que nunca verían en persona.
 
 
Cortés no sabia de buenos modales o diplomacia. Distaba mucho su carácter del benévolo Colón. Se acompañó de sus mejores generales, de armamento sofisticado respecto a los nativos americanos, como armas de pólvora y caballos pura sangre. Disciplinados y uniformados con estandarte real, eran pocos en número pero muchos en estrategia militar. Aprovecharon el resentimiento de varias comunidades quienes habían sido sometidas por la próspera civilización de los Aztecas y su máximo representante, Cuauhtemoc. Una victoria improbable en la teoría pero conseguida en la realidad, así fue el declive de la gran urbe de Tenochtitlán, edificada y consolidada por alrededor de doscientos años.
 
 
A nueve mil kilómetros, en 1521 se establecía el Virreinato de la Nueva España en la Capital Azteca. El gobernante en altamar del ahora monarca Español, Carlos I, Hernán Cortés cimenta el porvenir de la corona en América. Esfuerzos perpetrados durante 300 años y regidos por el mandato europeo en colaboración de la Santa Sede en Roma. Comienza la alfabetización del castellano como lengua oficial y la práctica católica como único credo. Relegando las lenguas indígenas nativas y el politeísmo en un segundo plano, un referente histórico del pasado.
 
 
Desde la Nueva España, la minería aportó grandes sumas de oro y plata a la Casa Real Europea. Los estados de San Luis Potosí, Guanajuato, Zacatecas y Guerrero, entre otros, contribuyeron mediante sus riquezas naturales para que España se hiciera con un poder económico sin precedentes. La monarquía Española se veía recompensada por la empresa emprendida en el nuevo mundo.
 
 
A pesar de las buenas intenciones, en la Nueva España las clases sociales eran marcadas de origen. Ser hijo de Españoles y haber nacido en alguna parte de la península ibérica era sinónimo de prosperidad y buena fortuna en el nuevo mundo. Dicho selecto grupo de descendientes eran quienes controlaban la administración pública y también los bienes que de ella emanaban. La ironía de ser nativo americano era que se estaba destinado a la esclavitud, al sometimiento de un señor colono. Las aspiraciones de los verdaderos dueños de esas tierras se mantenían en silencio en un pensamiento colectivo que fue haciendo eco al pasar los años.
 
 
Las reuniones clandestinas de conspiradores tenían lugar en gran parte de la extensa geografía de la Nueva España, sobresaliendo el bajío del territorio de entre todas. La poesía y la declamación de los nobles inconformes con el ejército realista, como Josefa Ortiz de Domínguez y su esposo, Miguel Domínguez, aparecía a manera de versos en los encuentros nocturnos. Se gestaba entonces el movimiento alcista aprovechando el debilitamiento de España ante la invasión Napoleónica en aquellas latitudes.
 
 
El movimiento insurgente, encabezado por Miguel Hidalgo y Costilla tenía lugar a comienzos del siglo XIX. El llamado en contra del mal gobierno y a favor de la libertad se planeó para que coincidiera con las fiestas de diciembre en el ferviente poblado de San Juan de los Lagos, Jalisco, sin embargo, dichos planes fueron descubiertos y los padres de la independencia tuvieron que adelantar los hechos.
 
 
Fue así como en la madrugada del 16 de Septiembre de 1810 el Cura Hidalgo convoca en la plazuela de Dolores Hidalgo, Guanajuato a miles de campesinos e indígenas. En su mano lleva a la Virgen de Guadalupe, insignia religiosa que unifica a todos los presentes. En un breve pero persuasivo discurso los anima a unirse por la causa, con la promesa de recuperar lo que es suyo y se les ha negado durante siglos.
 
 
Los ahora combatientes carecían de instrucción en el arte de la guerra, eran ignorantes y pobres en los designios de la gran empresa en la que voluntariamente formarían parte: El comienzo al México independiente.
 
 
Los esfuerzos de Hidalgo, Jiménez, Aldama y Allende se verían frustrados al cabo de pocos meses del levantamiento insurgente luego de su efímero triunfo en la Alhóndiga de Granaditas en Guanajuato donde dieron muerte a miles de “gachupines”. Las cabezas de los héroes patrios fueron exhibidas por los realistas en los cuatro costados de aquella fortificada edificación en señal de advertencia para el resto de los pobladores inconformes.
 
 
La lucha continuó por once largos años. No sería sino hasta el 27 de septiembre del año de 1821 que el ejército trigarante comandado por Agustín de Iturbide entrara triunfante a la Ciudad de México.
 
 
Se establecía así Iturbide como emperador de México.
 
 
Si bien es cierto que todo tiene un comienzo y un final. Es materia de reflexión el preguntarnos la importancia de tales acontecimientos. ¿Resulta ser más significativo el comienzo de una acción o la consecución de la misma? ¿Se podría cambiar la conmemoración del comienzo hacia el México libre y soberano, atrasando los festejos doce días, al 27 del mismo mes?
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