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Nacional| 13 de Noviembre, 2025 |
#México #CEM #ObisposDeMéxico
En un mensaje de los obispos de la CONFERENCIA DEL EPISCOPADO MEXICANO
AL PUEBLO DE DIOS EN MÉXICO en páginas centrales hacen una reflexión sobre la conducta del gobierno sobre la seguridad, la libertad, economía, corrupción entre otros temas que afectan al pueblo de México.
En el 5exto se lee:
III. REALIDADES QUE NO PODEMOS CALLAR EN EL CONTEXTO MEXICANO ACTUAL
Como pastores tenemos el deber de hablar con claridad sobre la realidad de nuestro país. No lo hacemos desde una posición política ni partidista, sino desde la responsabilidad que se nos ha confiado como servidores del Evangelio. No podemos ser indiferentes ante el sufrimiento de nuestro pueblo. No podemos permanecer neutrales cuando está en juego la dignidad de las personas. Nuestra misión de anunciar el Evangelio nos exige anunciar la verdad con amor.
En estos tiempos, observamos con preocupación cómo algunos discursos públicos construyen una narrativa que no corresponde a la experiencia cotidiana de millones de mexicanos.
Nos dicen que la violencia ha disminuido, pero muchas familias que han perdido seres queridos o poblaciones enteras que viven con miedo constante experimentan otra realidad.
Nos dicen que se combate la corrupción, pero ante casos graves y escandalosos, no se percibe la voluntad de esclarecerlos, por lo que prevalece la impunidad.
Nos dicen que la economía va bien, pero muchas familias que no pueden llenar su canasta básica y muchos jóvenes que no encuentran oportunidades de trabajo nos hacen ver que esto no es verdad.
Nos dicen que se respetan las libertades, pero quienes expresan opiniones críticas son descalificados y señalados desde las más altas tribunas del poder.
Nos dicen que somos el país más democrático del mundo, pero la realidad es que hemos visto cómo han comprometido los organismos y las instituciones que garantizaban la auténtica participación ciudadana para concentrar el poder arbitrariamente.
Vivimos tiempos difíciles, la violencia se ha vuelto cotidiana. Ese cáncer del crimen organizado que padecemos desde hace años ha extendido sus tentáculos a muchos rincones del país. Ninguno de los dirigentes que gobierna este país ha logrado erradicar este mal.
En muchas regiones nuestro Nación sigue bajo el dominio de los violentos. No debemos tener miedo de hablar de lo que todos sabemos, pero algunos prefieren callar:
Continúan los asesinatos y las desapariciones. Sigue derramándose sangre inocente en nuestras calles, pueblos y ciudades. Familias enteras son desplazadas por el terror de la delincuencia organizada. Vivimos la inseguridad cotidiana al transitar por los caminos y autopistas. Las extorsiones se han vuelto sistemáticas para pequeños y medianos empresarios, para agricultores y transportistas, incluso para las familias humildes, obligados todos a pagar «cuotas» a los criminales bajo amenazas de muerte. El Estado, que en muchos lugares ha cedido el control territorial a grupos delictivos, no logra recuperarlos.
Sacerdotes, religiosas, agentes de pastoral, incluso algunos políticos que buscan cambiar esta situación han sido amenazados y asesinados ante la impotencia ciudadana. Hemos tenido que llorar la muerte de varios hermanos presbíteros que dieron su vida sirviendo a sus comunidades. Sentimos el dolor por todos aquellos que buscando el bien han sido sacrificados.
Nuestros jóvenes están siendo secuestrados y llevados a los campos de corrupción o exterminio convirtiéndose en uno de los más grandes dramas de nuestra sociedad. Todo esto nos habla de la degradación social a la que hemos llegado y que exige una conversión profunda de quienes han optado por el mal. Hacemos un enérgico llamado a una conversión personal y social para alcanzar una verdadera transformación.
La migración forzada continúa. Miles de mexicanos se ven obligados a abandonar sus tierras, no solo por buscar mejores oportunidades, sino también por huir de la violencia. Y los que migran se encuentran con nuevas formas de violencia en el camino. Por nuestro territorio cruzan miles de hermanos centroamericanos y de otros continentes, víctimas de extorsión, secuestro, trata y muerte.
Y en cada una de estas realidades, la Iglesia está presente con casas del migrante, albergues, defensa de derechos y acompañamiento pastoral. El rostro del migrante es el rostro de Cristo crucificado hoy.
No debemos quedarnos en estadísticas frías que nos dan cuenta de todas estas realidades de inseguridad, de pobreza e injusticia. Son rostros concretos. Son familias destrozadas. Son madres que lloran a sus hijos. Son comunidades indefensas y empobrecidas. Nosotros como pastores, no podemos permanecer indiferentes.
Hermanos migrantes, ustedes que sufren la violencia, las amenazas, el miedo, el desplazamiento forzado, sepan que sus obispos están con ustedes. Escuchamos su clamor, compartimos su angustia, acompañamos su dolor. Y queremos que el testimonio de nuestros mártires sea fuente de esperanza: ellos vencieron porque Cristo venció, y nosotros también venceremos si permanecemos unidos a Él.
Queremos que sepan que nuestra cercanía está siempre con las víctimas, con los pobres, con los que sufren. Que nuestra amistad es sobre todo con el pueblo sencillo que lucha cada día por sobrevivir con dignidad. Como nos dice el Papa León XIV en su Exhortación Apostólica Dilexi Te: «El cuidado de los pobres forma parte de la gran Tradición de la Iglesia, como un faro de luz que, desde el Evangelio, ha iluminado los corazones y los pasos de los cristianos de todos los tiempos» (DT 103).
No lo hacemos con odio ni con resentimiento. Lo hacemos con la firmeza que brota del amor. Porque amamos a este pueblo del que somos parte. Porque amamos a esta que es nuestra nación. Y precisamente por ese amor no podemos callar ante lo que está mal. Nos dice el Papa León XIV en su exhortación apostólica: «Siempre debe recordarse que la propuesta del Evangelio no es sólo la de una relación individual e íntima con el Señor. La propuesta es más amplia: es el Reino de Dios (cf. Lc 4,43)... Entonces, tanto el anuncio como la experiencia cristiana tienden a provocar consecuencias sociales. Buscamos su Reino» (DT 97).
IV. LA FAMILIA: CORAZÓN HERIDO DE LA SOCIEDAD
Toda esta realidad preocupante comienza en la familia: una sociedad que no protege a la familia se desprotege a sí misma. Lo que estamos viviendo es una sistemática desestructuración familiar que genera, inevitablemente, una desestructuración social.
Los datos son alarmantes y no podemos ignorarlos: familias desintegradas, violencia intrafamiliar y en ambientes escolares, adicciones que destruyen la vida de los jóvenes. Detrás de las estadísticas hay rostros de personas concretas sin futuro.
Necesitamos elevar la voz profética cuando las políticas públicas atentan contra la familia.
Las políticas públicas educativas actuales se están implementando sin un diálogo genuino con los padres de familia y los demás agentes de la educación. Se promueve, de manera sutil y, en ocasiones, de manera explícita, una visión antropológica ajena a la dignidad integral de la persona humana. Se introduce en las escuelas una ideología que relativiza la complementariedad hombre-mujer, que diluye la identidad sexual, que presenta como ?progreso? lo que en realidad es deconstrucción de la naturaleza humana. Se añade también una ideología política de confrontación social que no conduce a nada bueno.
Y cuando los padres de familia y otros integrantes de la sociedad expresan su preocupación, son descalificados como «conservadores», «retrógrados» o «enemigos de los derechos». Se les niega el derecho fundamental a participar activamente en la educación de sus hijos. Se les dice que el Estado sabe mejor que ellos lo que sus hijos necesitan aprender.
Hermanos, esto no es solo una cuestión educativa. Es una cuestión antropológica, ética y, en última instancia, moral. Porque está en juego la visión misma del ser humano. ¿Qué es el hombre? ¿Qué es la mujer? ¿Qué es la familia? ¿Qué es la sociedad? ¿Quién tiene autoridad para definir estas realidades? ¿El Estado? ¿La ideología dominante? ¿O la verdad inscrita en la naturaleza humana y revelada por Dios?



